Desde el inicio de sus vidas, los orientales aprenden el valor del silencio. Se les enseña a observar, a aprender de los movimientos de los seres y la naturaleza que los rodean, se les motiva a practicar la meditación. Y en ese marco, cuando están frente a un gran dolor o a una catástrofe, son capaces de conectarse consigo mismos, aceptar lo que está pasando, comprender que no es algo que les pasa a ellos personalmente sino que las cosas suceden aún cuando no las deseemos.
Adriana Schnake.
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