Se dijo. Dijeron mucho de los muchos que se fueron como el sol por el desierto. También se fue La Colorina. Y no ha vuelto. Pero se quedó su canto. Su poesía ha sido la última gran poesía de estos páramos. Después de ella sólo habita el zorzal: espuma de la mar. John Keats, picaflor de los trigales: ayúdanos. Que vuelva La Colorina. Hay que pedir a la alcaldía democrática que la declare Hija Ilustre, más bien Estrella Díaz Ilustre. ¿Pero que queda debajo del poncho? La necesidad de reflotar el coloquio, creando concursos, talleres desinfectando a las O.N.G. de la cultura: ¡que se vayan a las pailas! En esta hora cruel no nos abandones, Colorina.
La Colorina ha publicado varios textos y pretextos. Hermosísima. Revuelve la yema cuando el motivo convoca. Irreverente. Se desgarra por el otro. Serguei Esenin sabía de ella y del cometa. Andariega de las mil lenguas del metro cuadrado del vaso. Hija de estas pulpas como mariposa que duerme cuando florece el lirio del campo. Respira en la poesía a semejanza del labrador en el surco. Cuando habla es piedra del pueblo. Y cuando el rocío de la furia la alcanza se desbordan los toneles del paraíso, sino pregúntele al magnífico Enrique Lafourcade.
Por ello, esta elquina, serenense estremecida y estremecedora, es chépica entre los humildes y hada y ninfa entre los alcurniosos. Se ríe seriamente de los tontos solemnes. Y es una niña grande alimentando con versos, trabalenguas, refranes, axiomas y bromas a gentiles y milodones.
La Serena, con casi cinco siglos en la hondura, amanece con malvas en los balcones y con papayas y papagayos. El Valle de Elqui contiene a la ataviada colonial, como sostiene a su vez a una tradición de poetas fundamentales en la historia de la literatura chilena, especialmente a la generación naturista -Goic-, donde Gabriela Mistral, Mondaca, Moure, Víctor Domingo Silva y otros, son un río público de otro más profundo y subterráneo. De allí que Estrella Díaz sea de la continuidad en el alma del valle. Se vuelve necesario reconocerse y reconocerla en la parroquia de su poesía.
Vuélvete Colorina, vuélvete a tu tierra. Por aquí sólo resonancias habitan y funcionarios y parlantes de cementerios. Ven Colorina: te necesitamos. Escucha a este organillo descarriado. Emily Dickinson nos cita al estío. Ven a refrescar la garganta con los ríos de membrillos destilados en tabernas y carnavalitos. Ven de una vez, vieja. Déjate de cosas. La vendimia es para todos, y que se enoje el cuidador del vino. El orfeón por aquí puede entrar a la tierra como nubes que abrazan los pastizales. Por último, Colorina, no aceptes el Nobel, menos el premio del Círculo Carlos Mondaca. Vuélvete golondrina y estaciónate, así la madre serrana frente al rebaño que florece en el telar. Déjate de cosas.
Arturo Volantines

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